UN MUNDO DE TRANSFORMACIÓN PARA BARRY BEGAY

LA FE PRESEDE AL MILAGRO


He allí a Barry, corriendo como el viento, descalzo, sin sombrero, con su pelo suelto, pantalones guardapolvos viejos y una camisa remendada; su rostro moreno a causa del sol y viento de Arizona y del color de sus padres también. Barry y sus pequeños hermanos y hermanas son un grupo vivaz al que le gusta jugar en los alrededores de su "hogan"* de adobe.

Al internarnos en la vivienda de los Begay, los vemos sentados sobre el piso de tierra mientras que participan de la comida. Para hoy tienen pierna de cordero y pan frito**. No tienen cucharas ni tenedores. La leche no es parte de su dieta, pues no tienen una vaca que ordeñar. Tampoco las ensaladas, pues les hace falta un huerto. Sus alimentos son muy escasos.

Barry tiene siete años. Su hermanito más pequeño anda desnudo, exhibiendo su cuerpecito moreno. Sus hermanas llevan faldas largas y amplias, como su madre, y blusas adornadas con algunas monedas de plata.

La madre lleva una desgastada falda de pana color púrpura que le llega casi a los tobillos; el cinturón es de un tono verdoso; su calzado son unas botas atadas con cordones hasta las rodillas. El cabello lo lleva recogido en la parte de atrás en un moño sujeto con una cinta de lana blanca. El padre es delgado y alto; lleva un sombrero de alas enrolladas hacia afuera que no se quita ni para comer. Parecen ser una familia reservada en cuanto a muestras de afecto, pero es evidente que en su humilde morada reinan el cariño y el sano orgullo.

Ha transcurrido ya un tiempo. Ahora disfrutamos de días luminosos y veraniegos. En tierra de navajos, Berry Begay va pastoreando el rebaño de ovejas. El pasto parece crecido, seco y polvoriento. El escuálido perro muestra señas de desnutrición, pero con sus ladridos y pequeños mordizcos, va arrollando a los animalitos lanosos. El pequeño en verdad tiene la responsabilidad de un hombre mayor, pues hay coyotes y animales rapaces en los alrededores que andan muriéndose de hambre en medio de ese valle estéril, y ante el asecho las ovejas son posesiones preciosas. Ellas les proveen la carne para su sustento; las pieles las utilizan para cubrir el helado suelo de su ' 'hogan'', haciendo las veces de alfombras, sillas, camas y cobertores. La lana la venden en el puesto mercantil local o la reservan para cardarla, hilarla y tejerla en alfombras que intercambian por harina, ropa y alimento.

Bajo la sombra del solitario árbol de cedro, Mamá Begay, quien es una experta tejedora, se sienta sobre el suelo y trabaja afanosamente en su telar, urdiendo y tramando los hilos recién teñidos de brillantes colores para producir un complejo diseño de figuras.

Han pasado dos años y es hora de que Barry, habiendo cumplido ya los nueve años de edad, empiece a asistir a la nueva escuela pública que queda a sólo unos cinco kilómetros y medio de la casa. La pequeña Susi podrá sustituirlo en pastorear a las ovejas y ahuyentar a los animales rapaces. Para Barry será una larga caminata y algunas veces el viento será despiadado; otras, el sol arderá como la llama de un soplete de soldar, y habrá ocasiones en que la nieve estará fría y congelante; pero unos padres amorosos, en sus ansias de dar a sus hijos las oportunidades que ellos nunca tuvieron, han decidido que vale la pena el sacrificio.

Llega otro día de verano y el viento arremolinado recoge y se lleva las plantas rodadoras danzando por todo el valle. Aparecen entonces dos jóvenes de límpida apariencia y de tez clara que se aproximan al "hogan". En esos momentos Papá Begay está reparando su carreta y Mamá, sentada bajo el cedro

nudoso y curado por la intemperie, está tejiendo en su telar.

"¡Buenas tardes!" saludan en lenguaje navajo (Yateheé), mientras se limpian el sudor de la frente y se presentan como misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Los Begay han oído hablar antes sobre los élderes. A pesar de la barrera del idioma, Juan y María Begay parecen comprender que el libro del cual hablan los misioneros es la historia de sus "antepasados", de muchos siglos atrás. Todo parece indicar que el espíritu que acompaña la extraña mezcla de palabras y señas es de un "tipo familiar''. El genuino interés en el mensaje y la simpatía hacia la agradable personalidad de estos jóvenes ministros traen como resultado muchas horas de enseñanza y aprendizaje. Tiempo después llega el día en que los Begay se bautizan en la pequeña laguna cercana a su hogar. Ahora que se han convertido en miembros de la lejana Iglesia de Salt Lake City (Utah), gozan de un grato sentimiento de seguridad y aceptación.

Barry ha cumplido los diez años ya, y vigoroso, inquieto, sonriente y juguetón, pastorea las ovejas nuevamente este verano. En la casa-remolque donde Barry ha recibido clases de seminario para los indios, los misioneros anuncian un fabuloso programa nuevo. Es posible que Barry se vaya a vivir a otra ciudad lejos de su casa para vivir en un hogar más cómodo, asistir a una escuela de enseñanza superior y aprovechar otras oportunidades jamás soñadas en la reserva india. Al principio les parece inconcebible a sus padres enviar a su pequeño tan lejos y por tanto tiempo. Pero, convencidos de que es por el bien de Barry, deciden aceptar la propuesta.

Toda la familia se dirige hacia el punto de reunión, a un día de viaje de donde viven, y con sólo algunas lágrimas en los ojos, pero con los corazones emocionados, suben a su pequeño al gran autobús, que además lleva a otros treinta indiecitos. Con entereza de determinación, la familia queda inmóvil como estatuas, mientras que ven desaparecer el autobús en el horizonte. Con la ausencia de Barry, se siente un poco vacío el "hogan", pero todo sea por las oportunidades que podrá aprovechar.

A los pocos días, los Begay reciben un abultado sobre conteniendo una carta de los Smith, la familia adoptiva de la cual Barry ya se ha convertido en un miembro querido. Los Smith les cuentan de los asistentes sociales que hicieron encuentro al bus y que aman al pueblo indio. Les cuentan también que a Barry le cortó el pelo un peluquero voluntario; otras amables personas lo han bañado y le han lavado el cabello con champú y luego lo han llevado a exámenes con el dentista y con otros doctores y enfermeras, todos los que han donado su tiempo sin esperar ninguna recompensa. En la carta también mencionan la timidez y el silencio inicial de Barry y su posterior transformación al sentir el cariño que se le tiene en su nuevo hogar y familia.

Para los veranos, Barry regresa a la reserva a pastorear de nuevo las ovejas. De vuelta en el "hogan'', en el que ahora hay camas y una mesa con sillas, trata de ayudar a su familia a adquirir el hábito regular de hacer oraciones familiares de rodillas, "a la manera del Señor''. Barry también les ha estado enseñando cómo hablar mejor el inglés. Los domingos, los Begay viajan a una rama distante de la Iglesia, en donde Barry ayuda a repartir la Santa Cena y da discursos en las reuniones, contándoles sus experiencias en la tierra del norte.

Otro verano ha llegado a su fin y de nuevo la familia se encuentra en el mismo punto de reunión. Esta vez no son uno, sino tres los que bajan de la carreta de los Begay y suben al gran autobús que va hacia el norte. Las dos hermanitas de Barry se sienten temerosas, pero a la vez muy ansiosas por la experiencia que les espera. Con los corazones y los brazos casi vacíos, los papás Begay regresan al "hogan" con sus hijos más pequeños. Han tenido que considerar muchos aspectos al hacer estos sacrificios personales.

Al llegar a Utah, Barry reanuda contento sus antiguas amistades. Está inscrito en el programa de seminarios y en la AMM (Asociación de Mejoramiento Mutuo de los jóvenes). Participa en comedias, grupos musicales y en actividades de atletismo. Ya se ha convertido en un presbítero. Ahora ya puede enseñar el evangelio y bautizar con autoridad, así como bendecir los emblemas de la Santa Cena. No

hay privilegio, de los disponibles para cualquier otro muchacho de su edad, que se le niegue a este valiente joven que crece y se desarrolla a pasos agigantados.

Muchos años llenos de acontecimientos han pasado ya. Es la noche de la graduación y Barry, ataviado con toga y bonete, recibe su diploma de la secundaria. Durante sus años escolares fue presidente de su clase y muy conocido como un jugador veloz, fuerte y acertado del equipo de baloncesto de su barrio.

Mientras tanto, en su hogar de la reserva, sus fieles padres han prosperado mucho. Ya no gastan su dinero en tabaco ni en licor, sino que lo invierten en cosas productivas. Barry se sorprende al encontrar esta vez un agregado de dos cuartos frente al "hogan". Las ventanas tienen cortinas y los pisos de madera alfombras; también hay un estante para platos, ollas y sartenes. El evangelio y las asociaciones de la Iglesia están obrando milagros con la familia Begay.

Otro año en la historia. Vemos a dos jóvenes de diecinueve años, un moreno y el otro de tez blanca, conduciendo un "Rambler" hacia un grupo de "hogans". Barry, el élder indio, toma la palabra, puesto que domina las dos lenguas muy bien. El conoce la idiosincrasia de esa gente, al igual que sus modismos, expresiones y reacciones. Aquí nuevas familias se convierten al evangelio. Desechan el café y lo sustituyen por leche. Ya no habrá lugar para el alcohol entre estas buenas personas —ese dinero que antes desperdiciaban se utilizará ahora en la reparación de sus viviendas. En el río, veinte hombres, mujeres y niños entran en las aguas bautismales para pasar a formar parte del redil de la Iglesia de Cristo. Se organiza una nueva rama y se nombra al élder Begay como el primer presidente de la misma, que pronto habrá de ser sustituido por los indios conversos del lugar a medida que se les capacite. Con honda emoción, el élder Begay le habla a su gente: "Me siento orgulloso de ser mormón. Me siento orgulloso de ser indio. Iré a la Universidad Brigham Young y sacaré una carrera con la que pueda servir a mi pueblo".

Los dos años de su misión han volado como por arte de magia. El éder Begay se despide de sus compañeros de misión, pasa unos días en su hogar para descansar y reposar un poco, ponerse sus viejos pantalones guardapolvos,correr con el perro, cuidar el rebaño y para contarle más a su querida familia sobre el glorioso mensaje que ha aprendido. Les cuenta también de la bella y culta señorita india que conoció en la universidad y de su interés romántico en ella. Al regresar a la universidad, la generosa y certera tribu le otorga una beca con la cual se hace posible la continuación de sus estudios.

"El tiempo vuela como un relámpago". Nos encontramos ahora en el bello templo dedicado en "Santidad al Señor". El salón es grande y los muebles exquisitos. La alfombra marrón contribuye a conservar la sagrada quietud del lugar. Muchos indios y otros han acudido a la ceremonia, incluyendo a los cuatro padres: los reales y los adoptivos, tan atentos, nobles y generosos. El transcurrir de los años y las amistades han obrado algunos cambios en Juan y María Begay. Ella se ha cortado ese cabello que años atrás llevaba recogido en un moño. El viste traje formal, zapatos lustrados y ropa aplanchada. Allí lo vemos hoy, erguido y moreno, muy apuesto con su blanco traje del templo. María sigue amando sus colgantes y collares de abolorios y sus piedras turquesas, su plata y terciopelo, mas ha modernizado su manera de vestir y de peinarse. Rebosante de inaudita felicidad, espera ansiosa el momento de ser sellada a su fuerte esposo por toda la eternidad; sí, a ese hombre con quien ha compartido alegrías y penalidades, vicisitudes y privilegios, infortunios y desgracias.

¡Qué gozo de observar a la bella pareja, Barry y Gladis, su radiante elegida, contemplarse mutuamente, arrodillarse y ser sellados por la eternidad! Ella se enjuga las lágrimas y sus ojos brillan de la emoción.

Y ahora, Juan y María también se arrodillan frente a frente en el altar. Sus rostros, que una vez parecieron carecer de toda expresión, hoy lucen radiantes de gozo. Hay una nueva luz en esos ojos. Vestidos con sus ropas blancas del templo se asemejan a seres celestiales. Después de la solemne ceremonia sacerdotal, María se convierte en la esposa de Juan por toda la eternidad. Estas son, vosotros

ya sabéis, lágrimas de éxtasis y gozo y de naturaleza santa.

El día de hoy se ha ido y amanece un nuevo mañana. En el recinto de la universidad, se oye una solemne marcha en el órgano. Los graduandos desfilan, en togas oscuras y bonetes con borlas distintivas, del punto de reunión al auditorio. Allí en la sexta fila están sentados los padres Begay, radiantes de felicidad, al igual que Gladis, con sus dos pequeñitos al lado y un bebé entre sus brazos. Se ven muchos graduandos indios en las filas; Barry es uno de ellos. ¡Qué apuesto y sereno luce! En seguida, el rector de la universidad hace entrega de los títulos de doctorado. Cuando escucho el nombre de Barry Begay, me da un vuelco el corazón. ¡Barry Begay con un grado de doctor! ¡Nuestro Barry Begay, con un Ph. D! ¡Sí, nuestro Barry Begay mismo! ¡Todos nuestros esfuerzos, nuestras desilusiones, penalidades, luchas contra las fuerzas opuestas; toda nuestra espera y nuestra lucha, y nuestras oraciones resultan hoy pequeños ante la culminación de este sueño hecho realidad! Juan, María y Gladis esperan modestamente su turno para expresar sus sentimientos de amor y orgullo a su Dr. Barry Begay.

Nuestro escenario se traslada ahora a Windowrock (Arizona). Han pasado ya muchos años. Desde su escritorio, ocupando una posición clave como consejero de tribu, Barry Begay ejerce hoy poderosa influencia entre su pueblo. Gracias a sus esfuerzos y a los de sus colegas, los indios pueden hoy viajar en mejores vehículos por carreteras más seguras hacia mejores hogares. Ahora cuentan con servicios de electricidad, de agua, teléfono, radio y televisión. Los enfermos de los hospitales reciben mejores tratamientos, gracias a que cuentan con equipo moderno, y hoy son enfermeras indias las que atienden a los pacientes para los que los doctores indios hacen recetas y a los cuales someten a operaciones. Los fondos de las tribus que se derivan del combustible, aceite, carbón y madera de construcción garantizan la educación universitaria de cada niño indio. Los indios son expertos en las granjas, en las praderas y en las platerías. Hay maestros indios que están instruyendo a los niños pequeños; abogados indios atendiendo casos legales. Los indios especializados son prominentes en posiciones administrativas, en la industria, los negocios, gobierno y en puestos de docencia en universidades. Hay gobernadores, senadores y elocuentes y notables individuos laicos indios.

Vuelve a cambiar el escenario y transcurren otros años más. Nos encontramos en un día domingo, reunidos en una conferencia de estaca en la que predomina la congregación india. Los integrantes del coro de cien voces son todos morenos, a pesar de que ahora lucen más claros. Por mucho tiempo han sido un pueblo deleitable. Han venido algunas Autoridades Generales de Salt Lake City. El sumo consejo y los obispados, predominantemente indios, se sientan al frente en el estrado del recién terminado centro de estaca y barrio. La solemnidad impera en el lugar. Las miradas y los oídos de los tres mil asistentes están fijos en el impresionante hombre que se levanta y se para frente a la congregación para dirigirles la palabra. Es el presidente Barry Begay, ex obispo, el que hoy le habla profundamente a su pueblo. Todos sus hijos están creciendo con la educación debida. Su hijo, Barry sirve actualmente en una misión regular en Bolivia.

Es el presidente Begay, el doctor Begay, el hermano Begay, el élder Begay el que hoy administra bendiciones a los enfermos del hospital del lugar, el que da sermones en los servicios funerales, el que ayuda a su pueblo con sus problemas maritales, morales y financieros. Sí, es nuestro Barry Begay, aquel pequeño niño que hoy se ha convertido en un gran hombre.

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