Una Experiencia Inolvidable por Abdón Aragón

Una Experiencia Inolvidable
por Abdón Aragón
Rama de Matachic (Mision Mexicana del Norte)




Quiza no resulte muy extraño mi relato. Fui llamado como misionero allá por 1925 y la experiencia a que he de referirme, está relacionada con mis actividades como tal. El élder Leland Mortensen y yo fuimos asignados a la Rama de la ciudad de Amecameca. A los pocos días de haber comenzado a trabajar juntos en la obra del Señor, fuimos* a un pueblito que se llama Tenango a repartir folletos—tradicional primer paso de nuestra predicación. Cayendo ya la tarde y habiendo distribuido una considerable cantidad de literatura religiosa, nos disponíamos a regresar a Amecameca, donde vivíamos. Estábamos casualmente visitando a uno de los hermanos y cuando salimos a la calle para dirigirnos a la estación para tomar nuestro Tren, reparamos en el hecho inesperado de que la casa donde nos encontrábamos se hallaba casi total y literalmente rodeada de gente. No pude precisar cuántas personas había allí, pero quizás llegaban a una cincuentena. Lo asombroso para nosotros, sin embargo, no era el número sino la amenazadora actitud de ellos: nos gritaron que saliéramos a la calle a fin de que pudieran matarnos.
El hermano dueño de la casa salió entonces y les pidió que se retiraran, a lo que algunos respondieron que no lo harían "hasta que no se entregaran los mormones que allí estaban." El hermano entonces nos empujó hacia adentro y cerrando tras de sí la puerta nos dijo:
—"Hermanos, no pueden irse ahora; ustedes corren peligro."
Aquel grupo de personas sabía que éramos misioneros mormones, aunque nos calificaban de "protestantes",
Como a todos los que no profesaban la religión imperante en el país.
Así fue que debimos quedar en la casa hasta cerca de la medianoche, cuando de pronto llamaron a la puerta. Nuestro buen hermano, sin abrirla, preguntó quién llamaba y qué quería. Contestaron varios; no dijeron quiénes eran, pero sí lo que querían: nuestras vidas. El dueño de la casa procedió entonces a asegurar más la puerta para evitar en lo posible que fuera forzada. Más de improviso arremetieron contra ella y la tumbaron, entrando en tropel. A todo esto e instados por el hermano, nos habíamos trepado sobre un Tapanco. Al entrar la turba comenzó a registrar la casa y no encontrándonos se disponían a retirarse cuando uno de los hombres comentó:
—"Quizás estén en el tapanco . . . "
Algunos procedieron entonces a asomarse y viendo que era casi inminente que nos descubrieran, saltamos del lugar en que nos encontrábamos y salimos corriendo. En aquel tiempo, por supuesto, éramos muy jóvenes yo contaba con veinte años de edad—y ágiles, por lo que pudimos zafarnos fácilmente de los primeros; si mal no recuerdo, el hermano Mortensen salió delante de mí. Al llegar a la calle, varios de los del grupo consiguieron tomarme de las ropas, pero forcejeando un poco pude soltarme y continuar corriendo, mas como no conocía bien el terreno y la noche era obscura, tropecé en una acequia y rodé, por tierra. No sé cuántos se me echaron encima; traté de soltarme nuevamente y escapar, pero ya fue en vano. Una lluvia de golpes, principalmente sobre mis ojos, cayó sobre mí. Cuanto más yo forcejeaba, peor parecía ser. De pronto me trabaron los brazos y uno de ellos se acercó corriendo y esgrimiendo un machete que descargó sobre mi cabeza. Sentí un dolor indecible y noté que la sangre chorreaba sobre mis hombros. En ese instante me sentí desfallecer y me pareció morirme.
No presenté ya resistencia alguna. Los desalmados seguían golpeándome, disputándose un par de ellos un rifle con el cual me daban de culatazos y puntazos. Al ver que yo estaba semidesvanecido, me arrastraron hasta el local de una escuela cercana donde me sentaron en un banco. Los que me rodeaban comentaban entre sí la situación y mencionaron estar esperando que trajeran "al otro protestante". En esos momentos llegaban con el hermano Mortensen, quien venía al parecer desmayado.
Pusieron al hermano cerca de mí; me dio la impresión de que no respiraba, por lo que no pude menos que pensar que estaba muerto. Yo, bañado en sangre, comencé a tener un poco más de lucidez. Uno de los que allí estaban propuso entonces que le dejaran matarme con su pistola, en tanto que otros sugirieron que mejor sería hacerlo a machete, y luego desbarrancarme en los montes de la cercanía. El de la pistola asintió diciendo que me hicieran besar previamente un crucifijo que había allí y que después del machetazo él entonces me daría el tiro de gracia, y al decir esto tiró hacia atrás el percutor, preparándose para gatillar.
No sé cuánto tiempo transcurrió entre esta acción y mi decisión de orar al Señor por protección. Me incliné y supliqué a Dios que me permitiera conservar la vida. De pronto, un hombre armado se paró a la puerta de la habitación en que nos hallábamos, y dijo:
—"¡A ver, muchachos! ¿Qué pasa aquí?"
El de la pistola bajó su arma. El del machete, lo escondió. En silencio fueron saliendo del cuarto, dejándonos solos con el recién llegado y otro hombre que entró cuando todos los demás hubieron salido. En seguida comenzaron a interrogarnos, preguntándonos quiénes éramos. Les contesté diciendo que, como misioneros, representábamos a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Otras preguntas, que hoy no recuerdo ya, se sucedieron y a todas respondí con tono seguro. Yo estaba convencido que era el Señor quien me había salvado la vida mediante la imprevista llegada de estos hombres, así que ya no sentía temor alguno. No pregunte a estos individuos quiénes eran ellos, pero aún sigo suponiendo que debían ser policías, pues se quedaron toda la noche a nuestro lado para evitar que volvieran nuestros perseguidores.
Al amanecer o poco después nos llevaron a un local que parecía ser un juzgado o seccional policial, También componían nuestro grupo dos o tres más que iban en calidad de detenidos, a quienes luego tomaron declaraciones.
A continuación nos trasladaron a Chalco, la cabecera del distrito, a fin de internarnos en un hospital. Más que hospital, aquello parecía una cárcel. La pieza en que nos ubicaron se encontraba en pésimas condiciones de higiene. Aunque no había sido vendado, ya la sangre se me había coagulado y no salía ahora de mis heridas. Mis ropas estaban totalmente manchadas de sangre y tierra, pero me encontraba al fin completamente consciente. Sólo mis ojos estaban inflamados y ennegrecidos por los golpes que había recibido. Mi cuerpo, aunque magullado, estaba en buenas condiciones. En cambio, el hermano Mortensen debió sufrir indudablemente más que yo, pues no habiendo en el hospital muchas camas disponibles, tuvo que pasar la mayor parte del tiempo sobre sillas o bancos.
Creo que nuestro buen hermano del pueblo de Tenango fue aquella misma noche hasta Amecameca,e informó el caso a las autoridades, pues al día siguiente de haber llegado nosotros a Chalco se hicieron presentes en el hospital el Cónsul norteamericano en México y el Presidente de la Misión. Nos llevaron al juzgado donde ante el juez de primera instancia ellos intercedieron por el hermano Mortensen, que era ciudadano norteamericano. También hablaron por mí, no obstante ser yo mexicano, y nos libraron a ambos, llevándonos a la capital de México e internándonos allí en un hospital. Yo estuve en cama unos cinco días solamente, pero el hermano Mortensen debió permanecer poco más de un mes, pues había recibido golpes brutales en su espalda. Supe que habían tenido que extraerle algo de sangre coagulada que tenía en su cuerpo.
Pasado el tiempo nos enteramos que el presidente municipal anduvo persiguiendo a uno de los delincuentes que se había quedado en el pueblo, a quien golpeó desde su caballo en plena huida y mandó luego detener, recluyéndolo en la cárcel de Chalco.
Ya me parece muy lejano aquel tiempo de vicisitudes. Lo que he relatado aconteció aproximadamente unos siete u ocho meses después de haber comenzado mi misión, la cual no pude terminar al fin y al cabo porque enfermé posteriormente de paludismo. Pero desde aquella noche terrible nunca más he sentido temor por algo, pues sé que el Señor no nos abandona cuando le somos fieles. Hoy, pasados ya muchos años, he tenido el privilegio de entrar con mi esposa y ocho de mis diez hijos en un templo de Dios, siendo sellado a ellos por la eternidad. Yo sé positivamente que éste es el evangelio de la salvación. Yo sé que Dios vive y que se preocupa por nosotros. En verdad, podemos decir que Sus propósitos son más poderosos que los del hombre. Quizás por esto estoy yo aún con vida.

Liahona
Octubre 1962
5 comentarios

Entradas populares

Jaquín y Boaz

El Mormonismo visto desde el lado de Los Masones

Filacterias y Flecos