La Matanza de Mountain Meadows


Un crimen atroz. — Mientras el capitán Van Vliet entrevistaba al presidente Brigham Young, se estaba cometiendo en el extremo sudoeste de Utah, como a unos cuatrocientos ochenta kilómetros de Salt Lake City, el crimen más horrible y atroz que jamás se ha perpetrado dentro de los límites del estado. Fue la matanza, en Mountain Meadows, de una compañía de emigrantes que se dirigía al sur de California. Este sangriento y diabólico hecho comenzó la mañana del 7 de septiembre de 1857 v continuó hasta el día 11. cuando fueron vilmente asesinados los sobrevivientes, después de habérseles prometido protección si se rendían.
Fue obra de unos indios iracundos que, con la ayuda de un número de blancos, se vengaron por su propia mano de los agravios causados por un puñado de emigrantes que eran enemigos declarados tanto de los blancos como de los indios.
Se trató de un crimen para el cual no puede haber apología o excusa, un acto alevoso e infame en extremo, y para los "mor-mones" fue lamentable que ocurriera en esa época particular. Circulaban en toda la nación muchas calumnias relacionadas con los Santos de los Ultimes Días, en las que se les acusaba de todo crimen y asesinato que ocurría dentro de un perímetro de mil kilómetros de los límites de Utah. Aun el jefe de la nación y otros funcionarios toleraban todas estas falsedades y ayudaban a propagarlas; un ejército marchaba por los llanos con destino a Utah para suprimir una supuesta rebelión y violación de las leyes; y ahora, para agravar más la situación, cundió la noticia de que los "mormones" habían acometido y asesinado a un grupo de personas inocentes que pacíficamente atravesaban su territorio. Así fue como se dió substancia a la calumnia de que no había protección en el Territorio de Utah para las vidas y bienes de los "gentiles".


Se puede afirmar, sin temor de impugnación alguna, que se cometieron menos crímenes en Utah, durante los días de su colonización, que en cualquiera otra sección del país similarmente situada. California tuvo sus vigilantes que administraban la justicia con acelerada venganza, sin ningún juicio legal. Igual situación existía en otros estados y territorios fronterizos, y ¡ay del individuo que incurría en la ira de la facción dominante! A los "mormones" se había enseñado desde el principio: "No matarás"; v según sus enseñanzas, el asesinato que se comete intencional-mente es un pecado para el cual no hay perdón en esta vida ni en la venidera. Le sigue en gravedad el pecado de la inmoralidad sexual, y los Santos de los Últimos Días denuncian con vehemencia estos dos graves pecados.
Crímenes falsamente imputados a las autoridades de la Iglesia.— Una de las cosas que más mortificaba a los miembros de la Iglesia eran los esfuerzos de sus enemigos, de imputar a Brigham Young y las autoridades de la Iglesia cualquier maldad que se cometía en la región occidental. Esto fue lo que en 1859 impulsó a Jacob Forney, agente de asuntos indígenas, a comunicar lo siguiente a Washington: "Me da pena decirlo, pero temo que ciertas personas radicadas en este lugar tienen más empeño en implicar a Brigham Young y otros dignatarios de la Iglesia en toda ofensa criminal, que en esforzarse diligentemente por castigar a las personas que verdaderamente cometen los crímenes."
Cómo ocurrió la matanza.— Más o menos al tiempo en que se recibieron en Salt Lake City las noticias de que se aproximaba el ejército, pasaba por la ciudad, al mando del capitán Fancher, una compañía de emigrantes, procedentes de Arkansas y Misurí, la cual estaba integrada por unas treinta familias, con un total de ciento treinta v siete personas. Los emigrantes de Arkansas parecían ser gente buena y respetuosa; pero viajaba con ellos una compañía de individuos incultos v desenfrenados que se hacían llamar los "Gatos Monteses de Misurí", cuyo comportamiento correspondía admirablemente al nombre que se habían puesto. Charles C. Rich. de las autoridades de la Iglesia, aconsejó a esta compañía que siguiera el camino del Norte; y si lo hubieran hecho, habrían salvado sus vidas. Viajaron hasta Bear River y entonces se volvieron, resueltos a viajar hacia el Sur. Se afirma que el elemento más desordenado del grupo ofendió a la gente de las colonias del Sur, por donde tuvieron que pasar. Derrumbaron cercos, destruyeron propiedades, insultaron a las mujeres y de distintas maneras se

hicieron insoportables. Se dice, de fuentes fidedignas, que al llegar a Fillmore amenazaron destruir a la población, "y se jactaron de la parte que habían desempeñado en los asesinatos y otros ultrajes que los 'mormones' habían padecido en Misurí e Illinois". Según los informes, en Corn Creek, a unos veinticuatro kilómetros más al Sur, envenenaron los manantiales y también el cuerpo de un buey que había muerto. Una banda de indios Piute comió la carne envenenada del animal, y murieron diez de ellos. Algún ganado de los colonos murió como consecuencia de beber las aguas maleadas; y queriendo aprovechar el cebo del ganado engordado, un número de personas se envenenó al manejar la carne. Estos "Gatos Monteses" dijeron que se alegraban mucho de saber que venía el ejército, y amena-zaron parar en algún sitio conveniente, dejar allí a sus mujeres y niños, y volver para ayudar a las tropas a matar a todo "mormón" que vivía en las montañas.
Hasta qué punto se puede dar fe a estas acusaciones, es imposible determinar. Sin embargo no puede negarse el hecho de que expresaron el odio que sentían hacia los "mormones" y profirieron muchas amenazas y ultrajaron a los indios por el camino.


La compra de provisiones.— Se ha dicho que estos emigrantes no pudieron comprar provisiones en Salt Lake City o en otras colonias de los miembros de ¡a Iglesia, y que el presidente Young los echó de la ciudad; pero no es cierto. Este ni siquiera sabía que estaban allí, ni tuvo noticias de ellos sino hasta después de su partida. Existe abundante evidencia para mostrar que por el camino pudieron obtener las provisiones que necesita-ban, de acuerdo con lo que los colonos podían proporcionarles. La mayor parte de los Santos de los Últimos Días los trataron bien, y esta buena disposición no cambió sino hasta que por sus propios hechos los viajeros se ganaron la mala voluntad de las colonias del Sur.
Se manda una comunicación a Brigham Young.— A tal grado se alborotaron los ánimos, así entre los indios como entre la población blanca de las colonias del Sur, que se consideró necesario enviar un mensajero al gobernador Brigham Young para saber qué medidas tomar. Algunos decían que en vista de que los emigrantes se habían declarado sus enemigos, así debían tratarlos; pero los más prudentes insistían en que debía permitírseles continuar su viaje hasta la costa sin molestarlos. James H. Haslam fue el portador de un mensaje del coronel Isaac C. Haight, de la milicia, al gobernador Young en Salt Lake City, para ver qué les aconsejaba. Mientras tanto, se acordó hacer todo esfuerzo posible para pacificar a los indios y evitar que lanzaran el ataque. Haslam partió para Salt Lake City la tarde del lunes 7 de septiembre, y viajando rápidamente a caballo, llegó a ésa la mañana del día 10. Comunicó su mensaje en cuanto llegó, y el gobernador Young le preguntó si se comprometía a volver inmediatamente. Cuando respondió que estaba dispuesto, Brigham Young le dijo: "Vuelva usted con toda rapidez. No importa cuántos caballos necesite. Nadie debe molestar a los emigrantes, aunque sea necesario que intervenga toda la gente de Iron County. Deben dejarlos pasar libremente y sin daño." A pesar del largo viaje que acababa de hacer. Haslam regresó en el acto, v llegó a Cedar City el día 13 con una comunicación escrita del gobernador Young para el coronel Haight de la milicia.
La respuesta llega demasiado tarde.— El mensaje del gobernador Young al coronel Haight de la milicia decía lo siguiente:

Con respecto a las caravanas de emigrantes que pasan por nuestras colonias, no debemos intervenir hasta que primero se les notifique que se retiren. No debe usted molestarlos. No tengo conocimiento de ninguna otra caravana. Si los que están allí quieren salir, déjelos que vayan en paz.
El coronel Isaac C. Haight leyó la carta, y con los ojos llenos de lágrimas exclamó: "¡Muy tarde, muy tarde!" La misma mañana (7 de septiembre) que Haslam salió para consultar al gobernador Young, había comenzado la matanza de las desafortunadas víctimas.
El ataque sobre la compañía de emigrantes.— A principios de septiembre la compañía de emigrantes de Arkansas y Misurí acampó en un pequeño valle conocido como Mountain Meadows, donde habían decidido permanecer varios días. Mientras tanto, su conducta había incitado a las tribus indias, que ahora rodearon el campamento con actitud hostil. Por lo que se sabe, el ataque sobre los emigrantes empezó la mañana del 7 de septiembre al rayar el día. Con la primera descarga fueron muertos siete hombres y heridos dieciséis. Las víctimas se hallaban desprevenidas, pero estando bien armados, lucharon valientemente por sus vidas y pudieron contener el ataque. Resultaron muertos varios indios, entre ellos dos de sus caciques, por lo que los indios enviaron mensajeros por todo el territorio circunvecino, solicitando refuerzos de entre sus tribus. También mandaron llamar a John D.

Lee. que se había asociado íntimamente con los indios en calidad de agricultor, para que se presentara y los guiara a la victoria. Lee se trasladó inmediatamente al sitio, y pareció contagiarse con la furia de los indios. Más tarde llegaron otros blancos, habiéndoseles dado a entender que necesitaban de sus servicios para enterrar a los muertos. Algunos de ellos permanecieron de su propia voluntad, o por la fuerza, para tomar parte en la matanza que siguió.


Se rinden y son traicionados.— Durante la calma que siguió del primer ataque, los emigrantes formaron una rueda con sus carros y levantaron parapetos, disponiéndose en esta forma para el ataque que estaban seguros se lanzaría en seguida. Los indios v sus aliados blancos pasaron algún tiempo resolviendo sobre el destino de los desafortunados emigrantes. Las víctimas ahora descubrieron que había blancos entre los indios, y este conocimiento determinó su suerte, porque los asaltantes decidieron no dejar vivo a un solo emigrante que pudiera denunciarlos.
La mañana del viernes 11 de septiembre, Lee indujo a los emigrantes a que se rindieran, prometiendo que se les protegería y llevaría a un lugar seguro. Fueron conducidos a un sitio donde se encontraban emboscados los indios, y al darse la señal convenida, vino la descarga de armas de fuego. En este acto vergonzoso participaron indios y blancos, y a los únicos que dejaron con vida fueron diecisiete niños, desde algunos meses hasta siete años de edad. Los colonos recogieron a estos niños hasta que el gobierno, por decreto del Congreso, los devolvió a sus amigos y parientes en Arkansas.
Un pacto sangriento.— Los blancos que participaron en esta horrible matanza hicieron un pacto, juramentándose de la manera más solemne, a jamás revelar la parte que habían desempeñado en esta horrenda tragedia. Se envió una falsa comunicación al gobernador Young, y Lee también rindió un informe en persona, culpando totalmente a los indios. El gobernador Young lloró amargamente y quedó horrorizado al oír la relación.

La ejecución de Lee.— Por varios años quedaron ocultos los hechos relacionados con la tragedia, pero gradualmente se fue descubriendo la verdad v se hizo una investigación del asunto. Se excomulgó a John D. Lee de la Iglesia, con instrucciones del presidente Young, de que por ninguna circunstancia se le volviera a admitir como miembro. Más adelante otros fueron procesados al salir a luz los hechos, y posteriormente Lee fue declarado culpable del crimen y pagó la pena con su vida. Su ejecución se llevó a cabo en el sitio de la espantosa escena. Los otros que tomaron parte huyeron del Territorio v murieron fugitivos; pero aun cuando evadieron la justicia que los tribunales de la tierra pudieron haberles administrado, aún tendrán que responder por sus crímenes ante un Tribunal Supremo, donde la justicia nunca es frustrada.

Elementos de la Historia de la Iglesia.

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