lunes, 20 de enero de 2014

La Corona Espinosa

[esto fue publicado originalmente en inglés aquí]

Después que el Señor confrontó a Adán y Eva por haber comido del fruto prohibido y después de eso recibir la confesión de ellos mismos, pronunció lo siguiente:
“Por haber […] comido del fruto del árbol del cual te mandé, diciendo: No comerás de él, maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinas también, y cardos te producirá, y comerás la hierba del campo.” (Moisés 4:23–24) [1]
Las espinas y cardos se presentan en contraste con la belleza y la simplicidad del Jardín del Edén. Otros términos que se utilizan en las Escrituras para transmitir la misma idea son “zarzas”, “ortigas”, “abrojos”, “aguijones”, etc.[2] Estos no son objetos diseñados “tanto para agradar la vista como para alegrar el corazón” (DyC 59:18), sino que son órganos crueles de dolor y de autoprotección. Por esta razón, se utilizan con frecuencia en las Escrituras como símbolos o manifestaciones de las consecuencias negativas de la caída. No voy a cubrir estos temas, pero las espinas y cardos también se utilizan como símbolo de la apostasía y la desolación [3], la retribución divina [4], y las distracciones mundanas [5], entre otras cosas.[6]

Cuando pienso en las consecuencias negativas de la caída me gusta dividirlas en tres categorías (aunque en realidad puede haber cierta superposición). En primer lugar, hay dolores y males que son una parte de la existencia. Puedes accidentalmente aplastarte la mano o despellejarte la rodilla. Puedes deslizarte sobre el hielo y romperte un hueso. Puedes perder tu casa o a un familiar durante un desastre natural. Puedes contraer una enfermedad incapacitante o infestarte con un parasito que te cause ceguera. Puedes luchar cada día para encontrar suficiente comida para sobrevivir. Puedes morir.

En segundo lugar, hay dolores y males que son el resultado de las acciones de otros. Puedes quedar lisiado por un conductor ebrio. Puedes ser abandonado por un ser querido. Puedes ser estafado y perder todo tu dinero. Puedes ser tiranizado y ridiculizado. Puedes ser desalojado de tu apartamento porque un vecino mintió acerca de ti. Puedes ser despedido porque la hija del jefe necesita empleo. Puedes ser traicionado por alguien en quien confiabas. Puedes ser violado o agredido.

En tercer lugar, hay dolores y males que son el resultado de tus propias decisiones.[7] Aun cuando es nuestra propia culpa, estas cosas son dolorosas de soportar. Puedes perder tu familia a causa de la infidelidad. Puedes ir a la cárcel por cometer un delito. Puedes perder tu trabajo por llegar tarde todos los días. Puedes contraer una enfermedad mortal como consecuencia del uso de las drogas recreativas. Puedes darte cuenta, demasiado tarde, que el aborto es la manera incorrecta de hacer frente a un embarazo no planeado. Puedes perder un amigo muy querido, porque dijiste algo cruel. Puedes perder todo tu dinero en el juego. Esta tercera categoría también puede incluir la tristeza que es según Dios que debemos experimentar durante del arrepentimiento verdadero.[8]

Todos estos males son espinas y cardos en nuestras vidas. Son duros y afilados. Y somos blandos y débiles. Ellos nos transpasan y nos hieren. En el mundo físico, cuando nuestra piel está expuesta a la irritación frecuente, se desarrolla un callo. Del mismo modo, podemos desarrollar callos emocionales o espirituales en respuesta al dolor y el sufrimiento—ya sea nuestra o la de los demás. Si bien esto nos hace más insensibles o indiferentes al dolor y al sufrimiento futuro, también puede tener el efecto secundario negativo de volvernos insensibles al Espíritu. Esta desensibilización simultánea al sufrimiento y al Espíritu con el tiempo puede erosionar nuestros testimonios. Muchos, incluyendo algunos queridos amigos míos, han perdido sus testimonios porque no fueron capaces de conciliar la creencia en un Padre Celestial amoroso y personal con el dolor y el sufrimiento que vieron o experimentaron personalmente.

Pero el Padre Celestial no es inconsciente ni no involucrado. Las Escrituras contienen repetidos reconocimientos de la miseria de la condición humana, pero también de la supremacía de Dios sobre esa condición. Considera, por ejemplo, la conocida historia de Moisés cuando se llamó como un profeta:
“Y se le apareció [a Moisés] el ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró y vio que la zarza ardía en fuego, mas la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta gran maravilla, por qué causa la zarza no se quema. Y […] lo llamó Dios de en medio de la zarza y dijo: ¡Moisés! […] Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores, pues conozco sus angustias. Y he descendido para librarlos de manos de los egipcios y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a una tierra que fluye leche y miel […].” (Éxodo 3:2–8)
La palabra hebrea que se traduce como zarzaen este pasaje es sěneh, que se puede traducir como espino o zarza.[9] Cuando la zarza ardiente es mencionado en el Nuevo Testamento, se usa el término griego bátos, que tiene el mismo significado: espino” o zarza.[10] Esta zarza ardiente fue una notable visión de Moisés. Espinos y zarzas son bastante comunes en esa zona del mundo, y la Biblia menciona en varias ocasiones que estos espinos eran propensos a secarse y hacer un buen combustible para el fuego.[11] Pero a pesar de que esta zarza ardía con vehemencia, el fuego no estaba destruyéndolo.

Hay varios simbolismos que creo que se puede extraer de este pasaje.[12] En primer lugar, el Señor reconoció la condición caída del mundo mediante la utilización de un espino. Esto se ve reforzado por el hecho de que el Señor confiesa su conocimiento de las aflicciones y sufrimientos de los israelitas cautivos. En segundo lugar, demuestra que Él tiene el control completo sobre el destino del mundo caído por tener la zarza quemándose, pero no ser consumida por el fuego. Del mismo modo, el Señor podría haber liberado a los israelitas de Egipto, en cualquier momento, pero no lo hizo. En tercer lugar, veo un indicio de que el mundo caído algún día será purificada por el fuego.[13] Más concretamente, el Señor promete conducir al pueblo a la tierra prometida —promete poner fin a sus dolores y aflicciones.

Muchas generaciones antes, al profeta Abraham se le dio una dura prueba por el Señor. Después de décadas de no tener hijos, el Señor bendijo a Abraham y su esposa Sara con un hijo, Isaac, y Abraham recibió la promesa de que Isaac sería el padre de una posteridad multitudinaria. Pero luego leemos lo siguiente:
“Y aconteció después de estas cosas, que Dios puso a prueba a Abraham y le dijo: […] Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moríah y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.” (Génesis 22:1–2)
No sólo se le ordenó renunciar a su hijo y las bendiciones que el Señor había prometido en relación con Isaac, sino que también se le pidió a Abraham que sometiera a su hijo al horrible destino del sacrificio humano que él mismo se había escapado como un joven.[14] Se puede imaginar los muchos sentimientos que Abraham experimentó: el dolor, la tristeza, la confusión, la duda, el aislamiento, la ira, etcétera—emociones suscitadas por la bofetada que todos de forma individual experimentan como resultado de vivir en este mundo caído. Pero Abraham eligió la fe y la esperanza e hizo lo que el Señor mandó:
“Y Abraham se levantó muy de mañana, y ensilló su asno, y tomó […] la leña del holocausto y la puso sobre Isaac, su hijo; y él tomó en su mano el fuego y el cuchillo, y fueron los dos juntos. Entonces habló Isaac a Abraham, su padre, y dijo: […] He aquí el fuego y la leña, pero, ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto[…]. Y […] edificó allí Abraham un altar, y acomodó la leña, y ató a Isaac, su hijo, y le puso en el altar sobre la leña. Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces el ángel de Jehová clamó del cielo y dijo: […] No extiendas tu mano sobre el muchacho ni le hagas nada, porque ya sé que temes a Dios, pues no me rehusaste a tu hijo, tu único. Entonces alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí un carnero a sus espaldas trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham, y tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.” (Génesis 22:3–13)
Hay muchos paralelismos notables entre este episodio y el sacrificio de Jesucristo.[15] Se habla de cada uno como el hijo unigénito de su padre.[16] Se cree que Isaac tenía cerca de treinta años—aproximadamente la misma edad como nuestro Salvador cuando sufrió y murió por nosotros. Isaac subió la montaña cargando la leña para el sacrificio, así como Cristo llevó su propia cruz al Calvario. Un ángel se le apareció a Abraham para detenerlo, al igual que un ángel se le apareció a Jesús para fortalecerlo. Existe cierto debate sobre en cual monte esto ocurrió, pero probablemente era el monte Moríah, donde el templo de Salomón fue construido más adelante.[17] En particular, después de que el ángel detuvo a Abraham, Dios envió un carnero para el sacrificio. Abraham lo encontró atrapado en un matorral por sus cuernos. No se especifica la naturaleza exacta del matorral, pero un matorral de zarzas o espinas es una clara posibilidad.[18] Si esto realmente sucedió en el monte Moríah, entonces es posible que la maraña donde fue capturado el carnero corresponde con el lado del monte Moríah, donde fue crucificado Jesucristo [19] o de la ubicación del jardín de Getsemaní en el cercano monte de los Olivos .

Y eso me lleva a la muestra más importante de las Escrituras que Dios es plenamente consciente de nuestro sufrimiento: la expiación de Jesucristo. Al igual que se proporcionó un cordero para salvar a Isaac del dolor y de la muerte, se proporcionó el Cordero de Dios para salvarnos a todos del dolor y de la muerte. En un acto de burla, los soldados romanos encargados de llevar a cabo la crucifixión trenzaron una corona de espinas y la aplastaron sobre la cabeza de Jesús.[20] Los romanos (al igual que los griegos) distinguieron dos tipos de coronas: la corona real, o diadema, y la corona cívica. La corona real era un ornamento de metal enjoyado usado por reyes y emperadores. La corona cívica era una corona o guirnalda tejida con hojas—de roble, de laurel, de olivo, de hiedra, o de césped, dependiendo de la ocasión. Se daba a los que habían hecho logros significativos en el liderazgo cívico, en el liderazgo militar (sobre todo salvar la vida de un ciudadano romano), o en los juegos atléticos. También se daba a los recién casados​​, o incluso a los asistentes a los festivales. La corona simulacro que dieron a Cristo no era una corona real, sino una cívica.[21] Así, no sólo fueron los soldados romanos ridiculizando la afirmación de que Cristo es el Rey de los Judíos, pero también estaban dando a entender que él no había hecho nada destacable en absoluto—como salvar la vida de alguien importante. Sin embargo, su irreverencia inadvertidamente nos proporcionó un poderoso símbolo: Cristo tomando sobre sí las espinas, el dolor y el sufrimiento del mundo.

Pero el castigo no se detuvo allí. En los tiempos del Antiguo Testamento los criminales fueron azotados con látigos con espinas en las puntas.[22] Del mismo modo, Jesús fue azotado por sus captores romanos antes de la crucifixión. Y, por último, clavos y una lanza—espinas hechas por el hombre, si se quiere—fueron utilizados para perforar su carne y sujetarle a la cruz. De esta manera muy real, Cristo interpuso entre nosotros y los aguijones de la vida. Además, yo creo que la Expiación mitiga fundamentalmente el dolor y el sufrimiento que todos experimentamos, arrepentido y no arrepentido por igual. Sin la expiación, nadie sobre esta Tierra podía soportar la miseria sin diluir que es posible en un mundo caído. Esto es el carnero trabado en un matorral, el Cordero inmolado desde la fundación del mundo.[23] Esto es el “lirio entre los espinos” (Cantares 2:2). Esto es el bálsamo de Galaad.[24] Esto es la zarza que arde sin consumirse. Esto es la caída mantenida bajo control, pero todavía no derrocada.


Cristo sufrió por nosotros porque nos ama, pero también nos ama porque sufrió por nosotros. El profeta Alma enseñó:
“Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo. Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos.” (Alma 7:11–12)
A través de la experiencia de la Expiación, el Salvador tanto llegó a conocer nuestros sufrimientos y cómo aliviarlos. El Élder Merrill J. Bateman tiene una idea interesante sobre cómo se realizó esto:
“Durante muchos años, consideré la experiencia que tuvo el Salvador en el jardín y en la cruz como lugares donde se colocó encima de Él un gran cúmulo de pecados. Pero debido a las palabras de Alma, Abinadí, Isaías y otros profetas, mi punto de vista ha cambiado. En vez de un cúmulo impersonal de pecados, hubo una fila larga de personas, mientras Jesús sintió ‘nuestras debilidades’, ‘[llevó] nuestras enfermedades…sufrió nuestros dolores…[y] herido fue por nuestras rebeliones’.” [25]
En el punto de vista del Élder Bateman, cada uno de nosotros pasaremos a través de Getsemaní y renunciaremos personalmente nuestras culpas, nuestros pecados, nuestras vergüenzas, etcétera, al Salvador. Él nos quitará todo nuestro dolor y sufrimiento—ya sea por el mundo caído, las acciones de los demás, o nuestras propias decisiones (si nos arrepentimos). De esta manera nos conocerá perfectamente y sabrá cómo aliviar nuestro sufrimiento y sanar nuestras heridas. No me queda logísticamente claro cómo va a funcionar esto, ya que estamos todos vivos después del momento en el que se produjo la Expiación. Pero es una idea poderosa e impactante que merece contemplación más profunda.

La motivación subyacente para este acto de sacrificio era el amor, tanto del Padre [26] como del Hijo.[27] En la Conferencia General de octubre de 1989, Jeffrey R. Holland enseñó que:
“La vida tiene su parte de temor y fracasos. A veces las cosas están a la altura, no muy a la altura. A veces en la vida personal y pública, quedamos aparentemente sin fuerzas para seguir adelante. A veces la gente nos falla, o las economías y las circunstancias nos fallan, y la vida con privaciones y dolor nos pueden dejar sintiéndonos muy solos.

“Pero cuando tales momentos difíciles vienen a nosotros, testifico que hay una cosa que nunca jamás nos fallará. Una sola cosa pasará la prueba del tiempo, de toda aflicción, de toda angustia, y de toda transgresión. Sólo una cosa nunca deja de ser, y eso es el amor puro de Cristo.” [28]
Entonces el amor es la fuerza que se opone al dolor y el sufrimiento, que se opone a las espinas del mundo caído. Este poder del amor no se limita a la Deidad—todos podemos utilizarla para fortalecer a los que nos rodean.

En 1960, el apologista cristiano C. S. Lewis publicó un libro llamado Los Cuatro Amores.[29] En el libro Lewis identifica cuatro tipos de amor, basados en las palabras griegas usadas en el Nuevo Testamento para describir el amor. El primero es storgḗ (στοργή), el afecto que sienten los miembros de la familia entre sí. El segundo es philía (φιλία), el cariño que se siente entre amigos. El tercero es érōs (ἔρως), la pasión y el romance sentido entre amantes. Y el cuarto es agápē (ἀγάπη) lo cual él defina como ‘amor divino’ o ‘amor caritativo’. Por lo general, este término se traduce como ‘caridad’ en el Nuevo Testamento de la Biblia Reina-Valera; otras traducciones de la Biblia simplemente utilizan "amor" para evitar confusiones con la connotación moderna de dar dinero a los pobres. El Libro de Mormón aclara el uso bíblico de la palabra “caridad” como “el amor puro de Cristo” (Moroní 7:47).

Sin embargo, hay un quinto ‘amor’ en las Escrituras que no fue incluido por C. S. Lewis. Es posible que lo hubiera pasado por alto porque no hay palabra griega específica usada para identificarlo. Más bien, se basa en un modismo hebreo. Este amor es un amor de convenio, el amor que tiene un vasallo por su señor feudal.[30] En estos casos la palabra ‘amor’ significa una relación contractual, no emocional.[31] Entendiendo esto puede aclarar o dar tonos más sutiles de sentido a muchos pasajes bíblicos familiares. Consideremos, por ejemplo, la declaración en Helamán 15:3–4 que Dios ama a los nefitas, pero aborrece a los lamanitas.[32] Esto no significa que nuestro Padre Celestial siente enojo o disgusto hacia los lamanitas—una noción que está en desacuerdo con nuestra concepción de Dios como un padre amoroso. Más bien, es una frase hebrea que identifica que los nefitas son el pueblo del convenio de Dios y que los lamanitas, por sus obras, se han situado fuera de ese convenio.[33]

Con esta descripción del amor de convenio en mente, considera los siguientes pasajes de las Escrituras:
Mateo 6:24: “Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se apegará al uno y menospreciará al otro; no podéis servir a Dios y a las riquezas..”

Juan 13:34: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros.”

Juan 14:15: “Si me amáis, guardad mis mandamientos.”

Juan 21:15–17: “Y cuando hubieron comido, Jesús le dijo a Simón Pedro: Simón hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Pedro le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón hijo de Jonás, ¿me amas? Le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón hijo de Jonás, ¿me amas? Se entristeció Pedro de que le dijese por tercera vez: ¿Me amas?, y le dijo: Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.”

Mateo 22:35–40: “Y uno de [los fariseos], intérprete de la ley, preguntó [a Jesús] para [ponerle a prueba], diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley? Y Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.”
Hay más [34], pero te voy a dejar que los encuentres por ti mismo. Me gustaría pasar un poco más tiempo en ese último pasaje. El mandato de amar a Dios y amar a nuestro prójimo constituye nuestro pacto con Dios. Para tener acceso a todos los beneficios de la expiación, debemos entrar en un contrato con el Señor. De acuerdo con este contrato, la forma de demostrar amor por Jesucristo es tener fe en Él, arrepentirnos de nuestros pecados, ser bautizados, recibir el Espíritu Santo, y perseverar hasta el fin.[35] Para perseverar hasta el fin, debemos obedecer los mandamientos, hacer y guardar los convenios del templo, y refinar nuestro carácter para ser más como Dios.

La decisión de entrar en una relación pactal con Dios no nos protege de inmediato en contra de los males del mundo. Podemos todavía sufrir la enfermedad, los accidentes, la tristeza, y el dolor. De hecho, ser un fiel seguidor de Cristo a veces puede incurrir sufrimiento. El apóstol Pedro escribió lo siguiente a los miembros de la Iglesia primitiva:
“Amados, no os asombréis del fuego de prueba que os ha sobrevenido para poneros a prueba, como si alguna cosa extraña os acontecies: antes bien, gozaos en que sois participantes de las aflicciones de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con gran alegría. Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el espíritu de gloria y de Dios reposan sobre vosotros. Ciertamente, por ellos, él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado.” (1 Pedro 4:12–14) [36]
Si aguantamos bien nuestro sufrimiento, en lugar de producirnos callos, nos hará compasivos. Y así como sufrir por nosotros le ayudó a Jesús a entender cómo socorrernos, sufrir por Cristo nos ayudará a acercarnos más a él. El Élder John H. Groberg lo expresó así:
“Llenos de Su amor podemos sobrellevar bien el dolor, disipar el temor, perdonar libremente, evitar la contención, renovar la fortaleza y bendecir y ayudar a los demás de maneras que aun a nosotros nos sorprenderían.” [37]
El segundo gran mandamiento nos enseña a amar a los demás. Esto no es meramente un mandamiento, sino un rasgo de carácter fundamental de una persona piadosa.[38] El profeta José Smith enseñó que:
“El amor es una de las características principales de la Deidad, y aquellos que aspiren a ser los hijos de Dios deben manifestarlo. El hombre que está lleno del amor de Dios no se conforma con bendecir solamente a su familia sino que va por todo el mundo, anheloso de bendecir a toda la raza humana.” [39]
Esto, entonces, es el amor: una preocupación genuina por el bienestar eterno de todos los demás. Para alcanzar su potencial eterno, los demés deben entrar en una relación pactal con el Señor. Por lo tanto, por medio de ayudar a otros a tener acceso a la Expiación, estamos participando en la salvación de ellos, nos convertimos en salvadores en el monte de Sión.[40] Esto se puede lograr a través de la predicación del evangelio a los que no están familiarizados con nuestra fe, el perfeccionamiento de los santos, la realización de ordenanzas en el templo por nuestros parientes fallecidos, y el cuidado de los pobres y necesitados entre nosotros.[41]

El amor divino es una parte necesaria de involucrarse en la salvación de los demás. Así como Jesucristo sufrió por nosotros como resultado de su amor por nosotros, así debemos sufrir, en cierta medida, para aquellos que amamos. Creo que el profeta Alma lo dijo mejor cuando él nos animó “a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras; […] a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo […].” (Mosíah 18:8–9) [42] No podemos necesariamente quitar el sufrimiento de aquellos a quienes amamos, y a veces ni siquiera debemos. Pero podemos llorar con ellos, podemos consolarlos, y podemos reforzarlos y ayudarles a través de ello. Como en otros casos, este sufrimiento aumenta nuestra capacidad de amar. Creo que es por esta razón que se dice que “la caridad es sufrida”.[43] Cuando escucho las parejas decir que están más enamorados que lo eran hace cinco o diez años, sospecho que se debe, en ninguna pequeña parte, al hecho de que asumen sus cargas entre sí y comparten sus penas entre sí. Exhibir amor por los demás no sólo puede aliviar su sufrimiento, sino que también puede ablandecer nuestros propios problemas.

A medida que pasamos con dificultad a través de nuestras pruebas, nuestras tentaciones, y tribulaciones, debemos tener en cuenta el resultado final. En esto, como siempre, atendemos al ejemplo de Jesucristo. Él fue traicionado, abandonado, y torturado. Además de eso tomó sobre sí todos nuestros pecados y sufrió el castigo para nosotros.[44] Él experimentó las espinas y los cardos, los ganchos y las púas, de este mundo caído hasta un grado que ninguno de nosotros puede imaginar. Y luego murió. Pero tres días más tarde Cristo rompió las ligaduras de la muerte y volvió a la vida. Superó todas las cosas. La corona burlona de espinas que llevaba en la muerte se ha transformado en una corona eterna de luz y de gloria. El Rey de Reyes nos ha salvado a todos de la muerte e hizo posible para todos vencer el pecado.

Este triunfo de Jesucristo nos da nuestra esperanza. Algún día se nos dará un respiro eterno de nuestros sufrimientos. Algún día seremos liberados del Egipto. Algún día vamos a morir, pero la muerte no va a durar para siempre.[45] Algún día la Tierra dejará de producir zarzas y cardos.[46] Algún día las espinas que nos atormentan serán quemadas y nosotros, también, recibiremos una corona eterna de gloria [47][48]una que ha sido tejida con las hojas del Árbol de la Vida.


Notes:

[1] Además de la Biblia, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días emplea varias colecciones de escritura más, conocidos como el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, y la Perla de Gran Precio. Se puede acceder a estas escrituras adicionales en línea en http://www.lds.org/scriptures?lang=spa. Recomiendo que las leas.

[2] Dos usos de la palabra (Hechos 9:5; 26:14) se refieren especificamente a una aguijada de hierro afilada empleado para el pastoreo de ganado.

[3] Véase Proverbios 24:31; Isaías 5:6 (2 Nefi 15:6); 7:19, 23–25; 32:13; 34:13; Oseas 9:6; 10:8; Sofonías 2:9; 2 Nefi 17:19, 23–25.

[4] Véase Jeremías 12:13; Oseas 2:6; Mosíah 12:12.

[5] Véase Jeremías 4:3; Mateo 13:7, 22; Marcos 4:7, 18; Lucas 8:7, 14.

[6] También existe el caso del “aguijón en la carne” del apóstol Pablo (2 Corintios 12:7). Las opiniones son variadas en cuanto a lo que la espina en realidad era—alguna dolencia física, como la ceguera o la epilepsia; las tribulaciones que había soportado; un espíritu maligno; o incluso un pecado “mascota”; etcétera—que yo no podía definir una categoría para ello.

[7] Considera los siguientes pasajes: Números 33:55; Josué 23:13; Jueces 2:3; Proverbios 15:19, 22:5, 26:9; Ezequiel 28:24; y Alma 24:25.

[8] Véase 2 Corintios 7:9–11.

[9] Hebreo סְנֶה sěneh “espino”, “zarza”. Algunos especulan que el senna egipcia (Senna alexandrina) está destinado o, posiblemente, la zarza sagrada (Rubus ulmifolius ssp. sanctus); compárese Árabe سَناً sanâʾ “senna”. El nombre de la montaña Sinaí (HEB סִינַי Sînay “espinoso”)  tal vez se deriva de este término. Esto se representa en la Septuaginta como βάτος bátos “espino”, “zarza”. Se encuentra en Éxodo 3:2–4 y Deuteronomio 33:16. Véase http://www.blueletterbible.org/lang/lexicon/lexicon.cfm?Strongs=H5572&t=KJV (en inglés).

[10] Griego βάτος bátos “espino”, “zarza”; traducido como “zarza” en Marcos 12:26; Lucas 6:44; 20:37; y Hechos 7:30, 35). Véase http://www.blueletterbible.org/lang/lexicon/lexicon.cfm?Strongs=G942&t=KJV (en inglés).

[11] Véase Éxodo 22:6; Jueces 9:14–15; 2 Samuel 23:6–7; Salmos 118:12; Eclesiastés 7:6; Isaías 9:18; 10:17; 27:4; 33:12; 2 Nefi 19:18; 20:17.

[12] Hay paralelos más grandes con el plan de salvación que se ven aquí: La israelitas salieron de la tierra prometida (= la vida pre-mortal), porque había algo que les faltaba (=un cuerpo, experiencias, etcétera). Ellos vinieron a Egipto (= el mundo caído). Mientras moraban allí llegaron a ser esclavos (= el pecado). Pero el Señor proveyó el camino para que se escaparan (= la expiación) y retornaran (= el evangelio) a la tierra prometida (= el reino celestial).

[13] Compárese Hebreos 6:7–8.

[14] Véase Abraham 1:5–19.

[15] Véase Jacob 4:5.

[16] El ejemplo más familiar cuando se refiere a Jesús como el unigénito del Padre Celestial está en Juan 3:16. Isaac se describe como el unigénito de Abraham (Ismael no obstante) en Hebreos 11:17.

[17] Artel Ricks. “Mount Moriah: Some Personal Reflections.” Ensign, Sept. 1980. Disponible en línea aquí (en inglés).

[18] La traducción Reina–Valera de la Biblia usa la palabra zarzal para este matorral. Sin embargo, la palabra hebrea es סְבָךְ sĕvaḵ matorral”, maraña, maleza”, “broza”, “fronda, “jarallo cual no especifica la presencia de espinas. En otras partes de la Reina–Valera, el mismo término (sĕvaḵ) se traduce como “tupido bosque” (Salmos 74:5), “lo espeso del bosque” (Isaías 9:18), y “la espesura del bosque” (Isaías 10:34).

[19] Ricks, loc. cit.

[20] Véase Mateo 27:29; Marcos 15:17; Juan 19:2, 5.

[21] Los tres relatos de la crucifixión que mencionan la corona de espinas (Mateo 27:29, Marcos 15:17, Juan 19:2, 5) usan el término griego στέφανος stéfanos “corona”, “guirnalda”, “tiara”, o “laureola” (es decir, una “corona cívica”, “corona del vencedor”, o “corona nupcial”), no διάδημα diádēma “diadema”, “corona real”, o “corona imperial”. Estos corresponden a los términos latinos diádēma (“corona imperial”) y corōna (“corona cívica”), respectivamente. Véase http://www.blueletterbible.org/lang/trench/section.cfm?sectionID=23&lexicon=true&strongs=G4735 (en inglés).

[22] Véase Jueces 8:7, 16.

[23] Véase Moises 7:47.

[24] Véase Jeremías 8:22.

[25] Merrill J. Bateman. “Un modelo para todos,” Liahona, Nov. 2005. Citas de las escrituras originales se han omitido para mayor claridad. Disponible en línea aquí.

[26] Véase Juan 3:16.

[27] Véase DyC 34:1–3.

[28] Jeffrey R. Holland. “He Loved Them unto the End,” Ensign, Nov. 1989. Disponible en línea aquí (en inglés).

[29] C. S. Lewis. (1960). Los Cuatro Amores, Harcourt, Brace & Co., NY, 192 pp.

[30] El patriotismo podría ser un análogo moderno.

[31] Bokovoy D. (2002) “Love vs. Hate: An Analysis of Helaman 15:1–4.” Insights 22 (2): 2–3. Disponible en línea aquí (en inglés).

[32] Véase también Malaquías 1:2–3; Romanos 9:13.

[33] Bokovoy, loc. cit.

[34] e.g. Isaías 29:13.

[35] Véase Artículo de Fe 4; DyC 18:22.

[36] Véase también Romanos 8:1–18; 2 Corintios 1:5–7.

[37] John H. Groberg. (2004) “El poder del amor de Dios.” Liahona, Nov. 2004. Disponible en línea aquí.

[38] Véase Mateo 25:31–46.

[39] José Smith, Jr., citado en Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith. 2007. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días: Salt Lake City, Utah, E.U.A., p. 453. Disponible en linea aquí (como .pdf).

[40] Véase Abdías 1:21.

[41] Véase Mosíah 4:16; Moisés 7:18.

[42] Véase también 1 Corintios 12:26.

[43] Véase 1 Corintios 13:4; Moroní 7:45.

[44] Véase DyC 19:16–19.

[45] Véase 1 Corintios 15:55–56; Mosíah 16:8; Alma 22:14; Mormón 7:5.

[46] Véase Isaías 55:10–13.

[47] Véase 1 Corintios 9:25; 2 Timoteo 4:8; Santiago 1:12; 1 Pedro 5:4; Apocalipsis 2:10.

[48] Curiosamente, el término hebreo para “corona”, נֵזֶר nezer “corona”, puede tener la connotación adicional deconsagración” o “separaciónde un rey o un sacerdote, pero sobre todo de un Nazareo (término que se deriva de éste) y también, por asociación, “cabello (largo y sin esquilar)”. Se traduce como “corona” en 2 Samuel 1:10; 2 Reyes 11:12; 2 Crónicas 23:11; Salmos 89:39; 132:18; Proverbios 27:24; Zacarías 9:16; como “diadema” en Éxodo 29:6; 39:30; Levítico 8:9; comoconsagración” en Levítico 21:12; Números 6:7; como “nazareato” (o sea, el tiempo de separación y de consagración de los Nazareos) en Números 6:4–5, 8–9, 12–13, 18–19, 21; y como “cabello” en Jeremías 7:29 (pero también compárese Números 6:18–19). Véase http://www.blueletterbible.org/lang/lexicon/lexicon.cfm?Strongs=H5145&t=KJV (en inglés). Esta conexión entre la realeza y la consagración está en armonía con algunas de las declaraciones realizadas en los templos SUD.

Atribución:

Christ Healing the Sick at Bethesda (Cristo sanando a los enfermos en Bethesda) es por Carl Bloch, 1883. Una copia digital se dispone en http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Christ healing the sick.jpg.

Crown of Thorns (Corona de Espinas) es por Simon Speed, disponible en http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Crown of Thorns Bedford Museum.JPG.

El templo SUD de Denver Colorado es por Joseph Plotz, disponible en http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Denver_LDSTemple2.JPG.

Ecce Homo! es por Antonio Ciseri, 1871. Una copia digital se dispone en http://en.wikipedia.org/wiki/File:Eccehomo1.jpg.

Cardo etíope es por A. Davey, disponible en http://www.flickr.com/photos/adavey/2466921230/.

Jesus Praying in Gethsemane (Jesús orando en Getsemaní) es por Harry Anderson, ca. 1964. Una copia digital se dispone en http://store.lds.org/webapp/wcs/stores/servlet/Product3 715839595 10557 21099 -1  195763.

Moses and the Burning Bush (Moisés y la Zarza Ardiente) es por los ilustradores de la Biblia de Holman de 1890, disponible en http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Holman Moses and the Burning Bush.jpg.

The Sacrifice of Isaac (El sacrificio de Isaac) es por Rembrandt Harmenszoon van Rijn, 1636. Una copia digital se dispone en http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Ofiara Abrahama1.jpg.

The Second Coming (La Segunda Venida) es por Harry Anderson, 1964. Una copia digital se dispone en http://store.lds.org/webapp/wcs/stores/servlet/Product3 715839595 10557 21094 -1  195710.

Rama Espinosa es por Dûrzan, disponible en http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Stri.jpg.

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